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Yuderkys Espinosa: “El feminismo tiene que revisar todos los postulados en los que ha creído”

Conversamos con la teórica y activista dominicana sobre cómo vive el feminismo moviéndose entre la academia, sus saberes ancestrales de origen y su trabajo con otras mujeres. En esta conversación, recuerda la importancia de los libros en su vida y explica conceptos básicos del feminismo decolonial.


Por Catáloga Colectiva



Para Yuderkys Espinosa, filósofa, escritora e investigadora feminista, su carrera es tan constitutiva de sí misma como ser lesbiana y haber nacido en República Dominicana en medio de una familia afromestiza. “Vengo de una familia trabajadora de sectores populares y uno de los sueños de mi padre siempre fue que sus hijos fueran a la universidad”, cuenta la integrante del Grupo Latinoamericano de Estudios, Formacion y Acción Feminista (GLEFAS), fundación LGBTIQ+ donde milita y trabaja.


Ilustración: Camila Peñeipil

Tal como quiso su padre, Yuderkys fue a la universidad y ahí estudió leyendo fotocopias o libros usados. No fue hasta sus veinte y tantos que pudo comprar uno: La creación del patriarcado de la historiadora estadounidense Gerda Lerner, un libro que va hasta la antigua Mesopotamia para descubrir el origen de la misoginia. Con ese ensayo Yuderkys hizo más que adentrarse en el feminismo mientras estudiaba filosofía, también aprendió el valor de los libros y la importancia de ser publicada.


Uno de los principales trabajos de GLEFAS es En la frontera, editorial que divulga las voces de mujeres que no suelen acceder a la publicación de su pensamiento, incluyendo a quienes trabajan la oralidad. “Hemos sacado algunos volúmenes donde combinamos episteme con artículos académicos, o incluso con transcripciones de conferencias que dan compañeras que son lideresas comunitarias y pensadoras intelectuales orgánicas, pero cuyos saberes no son transmitidos ni desarrollados a través de la escritura”, explica. Gracias a este tipo de experiencias, Yuderkys está más convencida que nunca de volver a su comunidad y revalorizar esos saberes, los que son parte central su bandera de lucha: el feminismo decolonial.



Desde los activismos de las mujeres racializadas se habla de “feminismo blanco”. ¿Qué quiere decir este término?


Cuando le preguntas qué es el feminismo a cualquier persona que ni siquiera es del movimiento y te dice que es la igualdad de las mujeres, ese es el feminismo blanco, que también llamo “feminismo conocido”.


Siempre que vea por ahí feminismo a solas estamos hablando de feminismo blanco, porque los otros feminismos se ponen apellido. Las feministas indígenas se ponen “indígenas”, las racializadas se nombran antirracistas, las otras se nombran decoloniales.

¿A quiénes llamamos feministas blancas? A aquellas que han producido conocimiento desde un lugar de privilegio, no solo de raza y clase, sino desde un lugar enunciativo en cuanto su saber es considerado válido. Ha habido espacios en el feminismo ocupados por mujeres racializadas por lo menos desde los años 70, Sojourner Truth ya estaba lidiando con esto a finales del siglo XIX, pero esas voces no son escuchadas, nadie se entera, no hay una divulgación efectiva de esos otros pensamientos feministas o, incluso, de esas otras posturas de mujeres luchadoras que no necesariamente se nombran feministas. Es innegable que la producción de conocimiento feminista y los hitos del feminismo siempre están siendo reconocidos como parte de la capacidad de pensamiento y de la producción de verdad de un minúsculo grupo de mujeres, que son aquellas que están en condición de privilegio, desde Simone de Beauvouir en adelante.




¿Cómo superarlo entonces?


Primero tiene que haber un reconocimiento del lugar de privilegio que ocupo. Luego de casi cuarenta años en el feminismo, mi trayectoria me coloca en un lugar que permite que mi voz sea escuchada, por más que eso me haya costado, lo cierto es que hoy estoy aquí. Yo misma tengo que hacer ese trabajo, cuando dialogo con compañeras de sectores populares de donde yo vengo pero donde ya no estoy. Tengo que estar muy alerta en cómo respetar sus voces, cómo reconocer sus saberes, cómo no pensar que soy la que sé y ellas las que no saben, cómo darle valor a sus vidas, a sus experiencias y pensamientos.


Nuestra labor es aportar a la reconfiguración del lazo comunal, darle valor a estos mundos que han sido negados por la modernidad y a las mujeres que están ahí dentro. Hay que seguir insistiendo en que esto es necesario y que nadie lo va a hacer por nosotras, eso es una tarea cotidiana, una tarea que nos va a llevar la vida. Debemos abandonar ese lugar de prepotencia, estar alerta en los espacios donde habitamos y no quedarnos calladas cuando vemos este tipo de prácticas instaladas en espacios feministas, institucionales, o en la academia. ¿Cómo hago no para integrar a estas mujeres a nuestros mundos, sino para configurar nuevos espacios donde podamos convivir, lo cual implicará seguramente ir en contra de nuestros propios privilegios? Es ahí donde la mayoría falla.


Hay que repensar el proyecto feminista en su conjunto, porque al final ha servido solo a un grupo de mujeres y no a la totalidad de ellas.



¿Cómo crees que es posible abordar las tensiones entre una sociedad que releva tanto al texto escrito y las formas marginadas de transmitir saberes colectivos, como la tradición oral?


Creo que las feministas decoloniales habitamos en un espacio fronterizo y pienso mucho en la frontera de la que habla Gloria Anzaldúa: cuando una es mestiza no calza perfecto en uno u otro lugar. En nuestra vida cotidiana podemos vivirlo en el Estado-nación, en sus instituciones, en los discursos hegemónicos y toda la “alta cultura”, que prioriza los saberes escritos y los saberes centrados en lo occidental.


La crítica decolonial implica revalorar y darle dignidad a los saberes orales y comunitarios que han sido opacados, desvalorizados y cancelados por occidente. El feminismo popular de los 80 y 90 se acercaba mucho a los sectores populares y lo sigue haciendo, pero pensando que van a instruir a las mujeres campesinas o racializadas. Se sigue pensando que la gente de abajo no sabe, que no tiene suficiente conciencia, no tiene una reflexión sobre su propio estar en el mundo. Por eso para nosotras es fundamental este trabajo de hormiga de revalorizar esos saberes y mostrar que podemos aprender de ellos.




En Chile, dentro del proceso constituyente se consiguieron escaños paritarios y para pueblos indígenas. Al mismo tiempo, el pueblo afrochileno denunció su invisibilización en esta instancia. Desde tu perspectiva y pensando en las dinámicas de poder coloniales que operan hoy en América Latina, ¿cómo evalúas ese proceso?


Los escaños y la paridad de género son buenos ejemplos del feminismo blanco, del feminismo centrado en el género que ha tenido el poder para ser exitoso. El problema es equiparar a todas las mujeres y todos los hombres, sin pensar ahí las diferencias en términos de raza, de clase, que pueden colocar a una mujer blanca burguesa en una situación de privilegio en relación no solamente a otra mujer indígena, sino también con un hombre indígena. Esa agenda feminista de “darle lugar a las mujeres” ha sido muy exitosa para, en las últimas dos décadas, posicionarse en los partidos y movimientos de izquierda, derecha y de centro. ¿Cuál es el sujeto beneficiario de esas políticas?: las mujeres blancas. Esa equidad de género habilita que mujeres que ya tienen poder puedan ostentarlo al igual que los varones de esos sectores.


Además, incorporemos mapuche, pero ¿cuáles mapuche van a entrar ahí? Porque existe un grupo de líderes mapuche que han apoyado gobiernos de derecha, que han apoyado a Piñera e incluso que fueron pinochetistas. Entonces puedes tener a una persona ahí para decir que “representa” a un grupo, pero todo es mucho más complejo que simplemente una cuestión de representación. Y si el pueblo mapuche que tiene tantos años luchando no logra eso, imagínate qué va hacer el pueblo afrochileno, obviamente no van aparecer ahí, lo cual tampoco es política de identidad. Por ejemplo en Estados Unidos has tenido personas negras siendo comandantes del interior o de las fuerzas militares, Condoleezza Rice venía del pueblo afroamericano pero era una imperialista al servicio de los intereses colonialistas de EE.UU. Digamos que todo esto hay que agarrarlo con pinzas, porque es mucho más complicado.




Las olas de migrantes que han llegado a Chile han dejado aún más en evidencia el racismo estructural que existe en este país. ¿Cuál crees que es el lugar de los activismos feministas frente a estas situaciones, ya no como un movimiento que aglutine a “todas las mujeres”, sino desde una crítica decolonial?


El feminismo tiene que revisar todos los postulados en los que ha creído, todas las ideas que ha construido sobre las mujeres, los géneros disidentes, las sexualidades disidentes, esa narrativa de “pobrecitas aquellas que no han estudiado, están tan dominadas que no entienden su propia dominación, solo con el feminismo se van a liberar”.

Hay que abandonar esa retórica salvacionista, que es muy prepotente, de que nosotras que ya estamos iluminadas vamos a llevar esa iluminación a las otras, eso es lo que hizo la evangelización, lo que hizo Europa y lo que vivimos haciendo.


Esto tiene que ser cuestionado por los feminismos y tiene que traducirse en nuevas formas de hacer política feminista: cuál es el programa que vamos a llevar adelante y dónde se ponen los énfasis. ¿Por qué el programa feminista en Chile ha priorizado el derecho al aborto, como lo ha hecho casi todo el mundo, como si en todas partes fuera el mismo problema? ¿Por qué no ha priorizado, por ejemplo, las esterilizaciones forzadas y las diferentes maneras que son sometidos los cuerpos de las mujeres mapuche o mujeres negras en los contextos de los Estados nacionales y sus políticas de supremacía blanca en América Latina? Debemos comenzar a idear otro programa de acción feminista con otras estrategias, pues ya no nos queda de otra. Y aprender de aquellas que han podido resistir al avance de occidente y de todas las instituciones que nos dominan. ¿Cómo lo han hecho ellas? Que contra todo pronóstico siguen ahí, vivas, resguardando el bienestar comunitario incluso por sobre sí mismas.



¿Qué libros recomendarías para interiorizarse más en el feminismo decolonial?


Hace unos cinco años saqué Tejiendo de otro modo, que es una buena manera de introducirse al feminismo decolonial y de ver cómo reconocemos genealogías que vienen de los mundos orales y no tanto de la academia. También saqué A más de una década del Feminismo Descolonial donde aparecen nuevas voces que en los últimos años se han ido formando y han ido tomando un lugar dentro del pensamiento decolonial, compañeras indígenas y racializadas que no aparecen en el primer libro. Recomiendo mucho a Breny Mendoza, a Gladys Tzul (maya quiché) y Aura Cumes (maya kaqchikel). Hay un libro que ayudé en su traducción que es de Oyeronke Oyewumi que se llama La invención de las mujeres y que nos muestra cómo en el mundo yoruba la organización de la comunidad en base al género no existía hasta el proceso de colonización. También me gusta el trabajo de Sirin Adlbi Sibai, feminista musulmana, cuyo libro La cárcel del feminismo me parece muy interesante.


Leer a María Lugones también creo que es fundamental. Ustedes tienen una compañera feminista decolonial en Chile que se llama Iris Hernández, yo le digo que tiene que escribir más y de vez en cuando se pone a escribir y creo que cada vez lo hace más acompañando muchas reflexiones de este tipo, pero también hay colectivos mapuches que están pensando estas cosas.




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