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Mapuescuela: por una educación consciente

En plena pandemia, Eugenia junto a otras mujeres crearon un centro educativo intercultural en una comuna rural del Gran Santiago. En un país donde la educación no reconoce la diversidad de pueblos originarios, ella lucha por abrir un espacio educativo que reconozca su cosmovisión, que la ayude a tejer lazos con otras mujeres y también a encontrarse a sí misma.


Por Catáloga Colectiva


Ilustración: Valeria Araya

La pandemia fue un punto de quiebre para muchas personas. En el caso de Eugenia Calquin, periodista y facilitadora intercultural mapuche, fue el momento en que decidió materializar su trabajo de años rescatando y enseñando su cultura. Fue así que junto a un grupo de mujeres crearon la Mapuescuela en la Villa Los Jazmines de Padre Hurtado, en las afueras del Gran Santiago.


“Ya veníamos muchos años juntándonos a través del telar mapuche, las hierbas medicinales y otros saberes ancestrales de nuestro pueblo, nos veníamos articulando y haciendo comunidad”, dice Eugenia en conversación con Catáloga Colectiva sobre este espacio que partió primero con talleres de canto o alfarería y que en 2022 ya es una escuela, pero donde entregan “otra forma de educación, donde abordamos las matemáticas, la historia, las ciencias, todo eso que nos exigen saber, pero desde nuestra mirada, de nuestros conocimientos, de volver a ser gente de la tierra, a hacer comunidad”, explica.


De acuerdo al Censo 2017, un 12,8% de la población chilena se identifica como parte de algún pueblo originario y de ellos, cerca de un millón 800 mil respondió ser del pueblo mapuche. A pesar de los números, la interculturalidad no se traduce en el currículum educativo tradicional chileno y depende de cada colegio si desea enseñar tradiciones y cosmovisiones indígenas. El rol de la Mapuescuela es justamente este, donde además de tener clases poco usuales, también abordan la enseñanza desde un proceso colectivo y de recuperación histórica de sus conocimientos y espiritualidad. Para Eugenia, en particular, fue un paso necesario para poder entenderse como mujer mapuche.



¿Cómo nace la idea de Mapuescuela? ¿En qué consiste el proyecto educativo?


Somos mujeres mapuche con historias personales en común, con aprensión frente al sistema educativo porque vivimos ciertos bloqueos y con esa mirada crítica que creció al ser madres. Querer optar a otra educación nos significaba tener un poder adquisitivo que no tenemos.


La única posibilidad que le queda a una mujer pobre, mapuche, pobladora y con espíritu crítico, es aceptar lo que nos toca: las escuelas de nuestra población, donde jamás vamos a acceder a educación de calidad. Así que tuvimos que construir este espacio nosotras mismas.

¿Cómo han visto ustedes el desarrollo del movimiento feminista en Chile? ¿Lo sienten cercano?


Tejer con otras mujeres me ayudó a entender de qué se trata ser mapuche. Es un conocimiento antiguo que me hermana con otras mujeres, con eso tomé la hebra y lo fui tejiendo todo. En algún minuto me transformé de aprendiz a maestra, porque lo que se te entrega lo tienes que devolver a otra y así permitir que el conocimiento siga activo. Asumí ese rol y empecé a formar grupos de mujeres, que después conectamos con las hierbas medicinales y con volver a sanar nuestros cuerpos enfermos, nuestra cabeza, corazón y espiritualidad.


Pienso que siempre adoptamos en nuestro trabajo una dimensión del feminismo sin conciencia de que lo era, un feminismo más comunitario, de tomarse de la mano con la lamngen (hermana), de reflejar mi propia vida en la vida de mi wall (el derredor de las cosas) y construirnos entre nosotras, sanarnos, tejernos. Aún no entendemos mucho los feminismos con apellido, pero sí nos hace mucho sentido el feminismo comunitario, que nace desde esta comunidad de mujeres donde todas nos abrazamos. También hay una cuestión de clase que tenemos que abordar. Somos mujeres, pobres y también mapuche y recaen una serie de injusticias sobre nuestros cuerpos de las que también somos conscientes.



¿Cómo crees que los saberes que entregan en la Mapuescuela pueden contribuir a una vida más libre y justa para las mujeres y comunidades?


Partimos de la base de esta triada de muerte que se ha instalado sobre nuestra forma de vivir: patriarcado, colonialismo y capitalismo, que ha estructurado una forma tan lejana a nosotras que solo nos ofrece muerte, violencia y negación. Nosotras queremos levantar otra triada, de vida.


En esa tensión, una de las cosas de las que nos hemos hecho conscientes compartiendo nuestros conocimientos, es de combatir el epistemicidio. Se instaló este modelo donde la única forma válida de vivir es aquella más parecida al hombre blanco occidental, y que mientras más se aleje es menos válida y tiene que ser sometida. Ahí se aniquilaron otras formas de pensamiento y nuestros conocimientos tradicionales fueron relegados.

Cuando nosotras hablamos de las fases de la luna y sus influencias sobre nuestros cuerpos, es una forma de conocimiento científico tan válida como el conocimiento científico occidental, que hermanados podrían hacer tanto para toda la humanidad en su conjunto. Debemos volver a validar las distintas formas de conocimiento, entender que lo que sabe la ñaña (hermana), que apenas aprendió a leer y escribir, es muy valioso. Tal vez no tenga un conocimiento académico, pero sí sus manos saben crear algo, cuidar una semilla, hacer medicina, producir un alimento, esa es una herramienta que le da autonomía para desenvolverse bajo cualquier circunstancia. Sin embargo, en esta triada no tiene ningún valor.



¿Cómo crees que la educación hegemónica ha perjudicado el respeto a las distintas identidades?


Esta triada de la que hablábamos requiere su batallón de avanzada, cierta institucionalidad que sostenga esa hegemonía que se instala como forma de vivir. Existen tres instituciones fundamentales: una en el lado de la moral y la ética donde cumplen su rol las iglesias, que definen lo bueno y lo malo desde la espiritualidad. Los medios de comunicación, por otro lado, definen lo que importa y lo que no, qué lugar ocupa cada uno en la sociedad y en el caso de los mapuche han hecho una excelente labor en sostener su imagen. En un principio fue la figura del borracho flojo y ahora del narcoterrorista. Por último están las escuelas, que también han cumplido su rol colonizador.


La liberación viene precisamente de atrevernos a hacer otro tipo de educación.

Lo que pasó en el territorio mapuche es que, a través de las escuelas, se llevaban a los niños a internados y negaban la posibilidad de hablar su lengua materna. Iban adoctrinando esta identidad, lo mismo le pasó a pueblos originarios en Canadá y Estados Unidos. El patriarcado, capitalismo y colonialismo necesitan de estas empresas colonizadoras, que han cumplido su rol, y por eso nosotras también nos identificamos, para poder liberarnos de ellas.


Dentro de la cultura mapuche no existían las escuelas, pero la educación estaba en lo cotidiano. La formación de los más chicos era algo que estaba en el acompañamiento del oficio, de las labores, en los roles en el cuidado de la huerta o los animales. Nosotras, desde la Mapuescuela, tomamos esa institución colonizadora y hacemos educación contrahegemónica, pero poniéndole vida y poniéndole amor también.



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